DESDE AZOTEAS, SEMANA A SEMANA

Jaramar: La estación amante de un puente

Jaramar: La estación amante de un puente

 Hoy toca homenaje. A una estación, Jaramar, a un puente, Las Majadillas y a un pueblo, El Madroño, que dio vecindad y vida a un trozo del ferrocarril minero y a su río. O viceversa, que nunca he sabido quien amaba a quien.

El río, dale que dale, en su terca manía de surcar por donde le place. El ferrocarril, insistiendo en “bailar pegados” siempre que las lomas lo permitían. Así, hasta el final, incluso en ese último episodio rojo de Las Mallas. Amantes hasta el final. » Leer más

Jaramar: Un lugar en el ferrocarril minero

Jaramar: Un lugar en el ferrocarril minero

 Yo tenía un amigo, Feliciano, que sabía del color de estas aguas y del aroma de las jaras camino de Jaramar. Desde El Madroño, su lugar de descanso. Hasta Jaramar, su lugar de vida ferroviaria y minera.

El Madroño es una localidad sevillana, pequeña, entrañable y con olor a eras y a humo de cisco. Con un bar (Al que llamábamos “Casino de Bautista”), que abría sus puertas y su acera generosa a quienes madrugaban, para ir a la corta, en un tren que cogían en Jaramar, la estación más pequeña de la ruta minera. Y la más entrañable para quienes nacieron allí, entre las jaras y los pinos, separados por un río y unidos por un puente.

Feliciano, en su casa de “Los Casares”, un pequeño apéndice de El Madroño, me comentaba un día sus recuerdos de Jaramar, su lugar de vida durante años. Unos años en los que ocupaba la jefatura modesta de una estación muy modesta.

No sé si había en sus comentarios más recuerdos que añoranza, pero ambas cosas son compatibles. Por muy dura que fuera su actividad laboral, perdido en aquellos cerros verdes. Los sitios se recuerdan por su vinculación a las sensaciones de la época. Y los años de Jaramar, fueron para Feliciano años de salud, de actividad y de libertad junto a su río de colores.

Por eso Feliciano me contaba sus vivencias de la ventana de la estación, del andén de ladrillo, de la caseta almacén de enfrente, … Como si me enseñara su casa. Como cuando presumimos de algo hecho por  nosotros.

Feliciano, mi amigo de Los Casares, era el heredero de Juan en aquel trabajo solitario y silencioso de Jefe de Estación en Jaramar. Jefe modesto en estación muy modesta. Pero dueño de sus raíles, de sus “agujas”, de sus recibimientos y sus despedidas, de los silencios de la vía y los rumores susurrantes del agua.

Y, enfrente, un puente. Por el que no pasan carreteras ni raíles. Solamente trabajadores que, desde El Madroño, cruzaban cada día para subir al tren que los llevaría a la corta.

Puente de caminantes solamente. De vida por la mañana y cansancio por la tarde. Puente modesto, junto a una estación muy modesta. Puente acariciado durante años por aguas de colores. Puente vecino, de piedras teñidas por el tiempo de un color que reproduce el sol del Sur. Amarillo sin influencias del verde que lo acompaña.

Verde, en las orillas. Amarillo, en el cauce. Y un puente, apoyado en hierros que lo unen a las rocas de oro, sirve para unir las dos orillas verdes, de jaras y de pinos.

¿Que cuál es más bonita? Pues está claro. Lo mejor es sentarse en una de ellas y gozar de la contemplación de la otra. Luego, cruzar por el puente de las Majadillas, sentarse en la orilla de enfrente y disfrutar de la anterior.

Un puente abandonado a su soledad durante mucho tiempo. Y eso no es bueno, porque los puentes como éste, se ponen tristes y sufren con la soledad. Y mueren si los que lo usaron se olvidan de él, con esa ingratitud de quienes dejan libre el egoísmo.

Un puente que hoy es patrimonio del recuerdo de mi amigo Feliciano y pronto puede ser solamente recuerdo, porque haya dejado de ser patrimonio.

Un puente, el de Las Majadillas, que ha conocido los pasos de Feliciano y de Juan, cuando caminaban por esa senda, modesta también, que une Jaramar con El Madroño.

Feliciano, Juan, El Madroño entero, claman por la salvación de este lugar, que fue importante mientras era necesario. El tiempo acaba con las cosas, pero también pone en su lugar a las personas.

Las Majadillas puede ser una víctima más de la desidia de los ingratos.

(Tambén puede leerlo en el blog de La Factoría: http://lafactoria-cuencaminera.blogspot.com.es/2015/11/jaramar-un-lugar-en-el-ferrocarril.html

El Madroño: El “Casino de Bautista”

Ya anunciamos: Dos artículos con el tema de Jaramar como fondo, en apoyo a nuestros amigos de La Factoría, por su trabajo en defensa del Puente de las Majadillas.

Hoy, un previo: El “Casino de Bautista”, en El Madroño.


http://huelvabuenasnoticias.com/2015/02/28/el-casino-de-bautista/

Jaramar: Donde el Tinto se asoma a Sevilla

Jaramar: Donde el Tinto se asoma a Sevilla

 Hay un tramo del Rio Tinto en el que conviven pinos onubenses y jaras sevillanas. O viceversa,  que en eso de la belleza montan tanto los unos como las otras.
El trazo de insultante colorido del Rio, se detiene para recibir con honores las aguas verdes del Jarrama, nervense, con una colonia de peces que no pueden visitar a su vecino rojo.
A los lados, montes ennegrecidos por la sinrazón de los que no sabemos usar lo nuestro. Que eso de ser “de todos” no parece bien entendido por muchos.
Abajo, piedras lamidas durante siglos por el Tinto, presumen de colores rojos, amarillos y verdes, mientras reciben las lluvias de los barrancos, esos aspirantes a hijos, que llegan secos cuando no llueve.
Barrancos que conocen bien los que los recorrían en busca de liebres cuando el hambre apretaba. Y después, porque estaba bueno el guiso con arroz.
Barrancos que son como la peineta de la “Estación de Jaramar”, aquella que un día Juan regentó, para regular el tráfico de trenes de mineral y de obreros que venían de El Madroño.
En esa orilla está la visión serena de la ladera sevillana, por donde llega un camino que recorrían cada día los obreros que llegaban de El Madroño y se subían al tren que los llevaría a las cortas.
En Jaramar, que es el sitio que no supo resistir la pérdida de trenes y de obreros. Por eso ya no está. Pero algunos sabemos dónde están sus huellas en la roca y en la memoria.
Barrancos, trenes, pinos y jaras. Alrededor de un rio increíble. Mirando el paso de trenes de piritas de cobre y de madroñeros de ropas pardas. Entonces todas las ropas eran pardas.
Barrancos. Del Santo Antón, de Traba las Eras, del Tamujoso, … Y de las Majadillas, que baja suave y escondido, hasta donde el rio se viste de domingo con sus mejores galas de colores intensos. Abierto a las aguas de Huelva y a los caminos de Sevilla.
Para  unir estos caminos con el hierro del tren, nace el puente de las Majadillas, que habrían de cruzar cada día los obreros de El Madroño. Al amanecer y al atardecer. Dos veces, con la “mitailla” llena o vacía, según la hora.
Se acabó la mina. Se cerraron las cortas. Ya no pasó más veces el tren y el puente se vació de hombres de marrón y “mitaillas” con aguardiente para la manguara.
El Rio sigue siendo bello y arrogante. Los barrancos, secos y silenciosos. Jaramar, ya no está, ni Juan se asoma para dar paso a trenes que ya no pasan. Pero el Puente, ese puente que tantas veces atravesó Juan, camino de El Madroño para tomar una manguara con los amigos de allí, en el Casino de Marcelo, ese puente callado y con recuerdos, ya no luce su vigor. Peina óxidos y hay huecos entre sus traviesas.
Y sufre una enfermedad de difícil cura: El olvido ingrato de quienes lo quisieron mientras lo necesitaban.

El Madroño

Publicamos en Huelva Buenas Noticias el artículo que reproducimos aquí.

El Casino de Bautista

“El bar de Bautista era conocido como el “Casino de Bautista”, no por capricho, sino porque en él se daban cita todas las actividades del asueto en El Madroño. Sin socios, sin normas, sin directiva, pero en su salón amplio y su acera generosa, siempre había alguien jugando, charlando o esperando.”
28 febrero 2015

El Madroño, un trozo de Sevilla en las minas. Foto de Azoteas. » Leer más